El origen de una mente entre volcán y ancla
Kay heredó de su padre, meteorólogo de la Fuerza Aérea, un temperamento exuberante que con los años se volvió oscuro; de su madre recibió calidez y estabilidad incondicional. De adolescente, como voluntaria en el hospital de Andrews y luego en el psiquiátrico St. Elizabeths, vio de cerca la locura sin filtro. Poco después llegó su primer episodio maniaco leve en la preparatoria: energía desbordante, proyectos grandiosos y, luego, una depresión que la dejó sin fuerzas.
La psicosis que la llevó al diagnóstico
Al comenzar como profesora en UCLA, Kay vivió un episodio de manía psicótica severa. Primero fue estimulante: pensamientos veloces, energía interminable, ideas que parecían geniales. Después llegaron las compras absurdas, como docenas de botiquines contra mordeduras de serpiente o un zorro disecado, y finalmente alucinaciones de una centrifugadora llena de sangre. Ese quiebre la llevó a un psiquiatra, que le dio el diagnóstico de enfermedad maniaco-depresiva y le recetó litio.
El amor y la dosis exacta como refugio
David Laurie, psiquiatra militar británico, aceptó su enfermedad sin juzgarla y la sostuvo en la recuperación; su muerte repentina la devastó, pero el duelo tenía forma, a diferencia de la depresión biológica que borra todo sentido. Más tarde, con supervisión médica, ajustó su dosis de litio y recuperó la lectura y la concentración. Ya casada con Richard Wyatt, encontró en él un puerto seguro frente a su naturaleza volátil, aunque cargó siempre el dolor de no poder ser madre biológica.
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