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La búsqueda de la felicidad

La búsqueda de la felicidad Resumen
Historia y filosofía

Este microlibro es un resumen / crítica original basada en el libro: 

Disponible para: Lectura online, lectura en nuestras apps para iPhone/Android y envío por PDF/EPUB/MOBI a Amazon Kindle.

ISBN: 9788417623081

También disponible en audiobook

Resumen

La felicidad es uno de los mayores deseos de la humanidad y, por ello, a lo largo de los siglos ha despertado la curiosidad de múltiples pensadores que se han preguntado sobre sus causas.

Anímate a hacer un viaje a través del tiempo por las enseñanzas que han dejado los grandes maestros del pensamiento sobre la búsqueda de la felicidad.

La vida es buena

Moderación

Aristóteles plantea que el fin máximo del ser humano es ser feliz. Para esto, debe aprender a distinguir entre tres tipos de bienes: los bienes del alma, los bienes del cuerpo y los bienes externos. 

Según Aristóteles, para que las personas puedan llevar una vida feliz deben tener presente cuatro ideas:

  1. Se debe actuar de acuerdo con la virtud, que es la actividad racional, específica del ser humano, que le permite pensar y decidir cómo actuar bien.
  2. Los bienes más materiales, los del cuerpo y los externos, son necesarios para poder esmerarse en la vida virtuosa.
  3. La tercera idea es la del justo medio como definición de virtud. La vida feliz tiene que ver con la moderación de los deseos.
  4. El bien individual se consigue cuando se busca al mismo tiempo el bien colectivo. Dedicarse al bien de la polis constituye un fin superior.

El estoicismo

Los estoicos proponen una filosofía que busca ser más práctica para las personas concretas, y parten de una distinción importante entre aquello que depende de nosotros y aquello que no depende de nosotros.

Según la filosofía estoica, debemos poder aceptar nuestras limitaciones humanas y dedicar nuestras preocupaciones solo a aquellas cosas que podemos modificar. Todo lo que no podemos evitar, porque escapa a nuestro control, debe ser aceptado con indiferencia.

La persona sabia es la que puede superar las adversidades no dejándose dominar por ellas y usando su inteligencia para interpretar la realidad de forma que le favorezca y no le perjudique. Solo de esta manera, dicen los estoicos, podemos ser lo que queremos ser y disfrutar la vida.

¿Los viciosos no son felices?

Muchos filósofos no estuvieron de acuerdo con las ideas de Sócrates o de Aristóteles sobre la felicidad vinculada a la ética, la vida virtuosa o la vida justa.

La autora recomienda la lectura del Diálogo platónico titulado “Gorgias”, donde se presenta la opinión de varios sofistas que se oponen a la idea de que para ser feliz hay que procurar ser una buena persona. Al contrario, plantean que a nadie le apetece portarse bien y que el ser humano tiende a ser incívico por naturaleza.

Uno de los principales problemas que se encuentran en la idea de la felicidad ligada a una vida “correcta”, es que en la realidad, muchas personas que viven en la corrupción no parecen pasarlo mal, sino todo lo contrario. Este era el dilema con el que algunos sofistas pretendían confundir a Sócrates, quien respondió con dos argumentos contra la tiranía:

  1. Aun cuando el tirano viva aparentemente feliz, no puede evitar el temor permanente a  perder, o que le sea arrebatado, todo lo que ha conseguido injustamente.
  2. Esta vida no es el final de la historia. Hay un más allá, donde los malvados reciben el castigo que merecen y se corrigen las injusticias que se dan en esta vida.

Expulsados del paraíso

Dignos de ser felices 

Kant es un exponente de la racionalidad pura, según la cual todos los seres humanos, por el hecho de ser racionales, tenemos conciencia del deber, que se opone al mero deseo.

Según Kant, la obligación moral es la que nos dicta nuestro razonamiento del deber, y al ser algo obligatorio, es lógico que muchas veces no encontremos placer en cumplir ese mandato. Además, plantea que las personas no deberían esperar ningún tipo de recompensa, como pudiera ser la felicidad, por cumplir con el deber moral.

Lo único que podemos esperar de cumplir con las obligaciones morales, dice Kant, es que esto nos haga “dignos de la felicidad”. Siguiendo esta línea, cuando se pregunta qué podría llevar a las personas a actuar acorde a un deber si no sienten que les traiga algún beneficio, encuentra la respuesta en la religión.

Kant plantea que no hay otro motivo para actuar correctamente, más que la esperanza en Dios y la creencia en una vida superior donde ningún crimen quede impune y se reparen todas las injusticias.

Querer vivir eternamente

Nietzsche viene a romper con todos y cada uno de los valores propios del pensamiento moral occidental que para él se resumen en la moral cristiana. Según él, la moral es un autoengaño, porque siempre que rige cierta moral, esta se plantea evaluar y clasificar los actos de los humanos acorde a las necesidades de una comunidad en particular.

Para Nietzsche, contrario a lo que dicen las religiones, no hay nada superior al ser humano. Por esto, plantea que las personas no deben aspirar a una vida eterna superior sino que lo mejor es que vivan sus vidas de manera tal que sea deseable que esa misma vida se repita.

Un buen criterio para elegir cómo vivir, según Nietzsche, es que realicemos aquellas acciones que nos gustaría que se sigan repitiendo en el futuro y, por el contrario, evitemos acciones que no quisiéramos que se reiteren.

El dominio del superyó

En su libro “El malestar en la cultura”, Freud desarrolla una exposición de cómo, según su opinión, el desarrollo cultural de la humanidad es el culpable de la infelicidad de las personas. Allí opina que el ser humano se vuelve neurótico al acumular frustraciones que le impone la sociedad por sus ideales y exigencias culturales.

El ser humano se encuentra atrapado entre dos fuerzas: la fuerza instintiva del principio del placer, que le lleva a perseguir la felicidad, y la necesidad de adaptarse a una comunidad humana para sobrevivir. Esto es el origen del sentimiento de culpa, la fuerza del superyó, que para Freud significa una clara marca de la evolución cultural.

Freud explica que se produce una angustia social, porque lo que proporciona placer, en muchas ocasiones es visto como lo malo, y surge entonces un miedo a perder el afecto o compañía de las personas con quienes convivimos.

En este sentido, Freud dice que la cultura se ha olvidado de la felicidad del yo al dar por sentado que el individuo puede asimilar todos los mandatos que se le impongan socialmente.

Deleitarse con lo que se tiene

Montaigne establece que si hay que buscar una sabiduría para vivir bien, esta debe adaptarse a la vida ordinaria de cada uno: cada persona encuentra a su manera el camino a la felicidad.

Además, hace hincapié en la tendencia humana a valorar poco lo que tenemos y lo que hemos alcanzado, buscando innovaciones permanentes, que no siempre representan una mejoría.

Para Montaigne, las personas no deben preocuparse por nada más que lograr que sus vidas sean satisfactorias. Opina que lo más saludable es saber reírse de uno mismo, porque nadie está libre de defectos y es mejor no atormentarse por los infortunios que pueda traer la vida.

Dar lo máximo de cada uno

Baruch Spinoza comparte varias ideas con Montaigne. Él se propuso exponer un sistema que explicara la capacidad del ser humano para conocer la realidad y desenvolverse en ella de la forma más conveniente, tanto para el individuo como para la colectividad.

El punto de partida de su sistema es Dios, pero un Dios que es cósmico e idéntico a la naturaleza, no el Dios que figura en la Biblia.

Los seres humanos son parte de una totalidad que les determina y lo que deben hacer es aprender a identificar qué cosas de la realidad les producen un efecto triste y qué encuentros son productores de alegría.

En este sentido, la propuesta de Spinoza para llevar una vida agradable resulta bastante lógica: evitar encuentros productores de tristeza y promover encuentros productores de alegría. Pero además, dice que la mayoría de las cosas no son negativas en sí mismas, por lo que pueden ser convertidas en algo bueno si así las interpretamos.

La empatía que nos une

David Hume, uno de los filósofos más reconocidos, pensaba que la característica que hacía que los seres humanos se sintieran afectados por el sufrimiento y por la alegría de los otros, era un sentimiento que él llamó “simpatía”. Hoy en día nos referimos a ese concepto como “empatía”.

Este sentimiento descripto por Hume, era para él la base del sentimiento moral, gracias al cual son posibles las virtudes sociales. La “simpatía mutua” es lo que produce mayor placer a las personas, pues ayuda a avivar la alegría y aliviar el dolor de los ciudadanos.

Derecho a ser felices

Sin libertad no hay felicidad

La felicidad en sí no puede ser un derecho, pero lo que sí debe afirmarse como un derecho universal es que cada persona pueda realizar su búsqueda. De hecho, así figura proclamado en la Declaración de Independencia de Estados Unidos.

Con el surgimiento del liberalismo en el siglo XVII, la libertad individual se torna un valor supremo dentro de la sociedad.

Asegurar que la libertad es un derecho, obliga a pensar cuáles son las condiciones para esa libertad. Existen múltiples proclamaciones que establecen que es necesario ser libre para poder ir en busca de la felicidad, y que ser libre se manifiesta cuando uno es propietario. En ese sentido, que la propiedad no esté al alcance de todos, representa un problema.

Tendrán que pasar varios siglos más para que se tome conciencia de otra condición básica para la felicidad: la igualdad.

En el siglo XX, con la aparición del estado de bienestar, se visibiliza la necesidad de que los Estados se hagan cargo de distribuir mínimamente la riqueza para que las condiciones para buscar la felicidad sean más equitativas.

Las condiciones para la autoestima

En línea con el apartado anterior, John Rawls pone de relieve el valor de la autoestima para poder llevar una vida digna. Rawls la considera un bien básico y plantea que debe ser una de las funciones del Estado garantizar las condiciones sociales para que todos sus ciudadanos puedan autorespetarse.

El Estado debe actuar como garante de este derecho, según Rawls, para ayudar a aquellas personas que por distintos infortunios han quedado abandonados a su suerte y, por ende, quedan excluidos de la búsqueda de la felicidad.

¿Aprender a ser felices?

La autora nos invita a reflexionar sobre las distintas técnicas o teorías que suelen aplicarse para intentar encontrar la felicidad. Camps establece que intentar vivir de una manera feliz es una práctica, y que muchas veces se cae en el error de incursionar en libros de autoayuda buscando garantías de felicidad.

Desde su perspectiva, Camps plantea que no se trata de aprender una técnica para ser feliz, sino desarrollar un pensamiento crítico para tomar decisiones que consideremos convenientes desde nuestras realidades particulares. Además, debemos poder reconocernos como seres contradictorios, con dudas y errores.

Camps afirma que somos seres imperfectos, y buscar la felicidad supone asumir esas imperfecciones. Hay una vida por aprender y el gusto por ello se adquiere a medida que vamos descubriendo que existen cosas que merecen ser amadas por sí mismas y no solo por sus beneficios.

Notas finales

A pesar de las diversas posturas sobre cómo alcanzar una vida feliz, todos los pensadores concuerdan en un aspecto: el ser humano tiene que escoger cómo vivir.

La felicidad pareciera ser un bien improbable de conseguir de manera permanente, pero en su búsqueda es que se nutre el aprender a vivir.

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¿Quién escribió el libro?

Nació en Barcelona en 1941. Es profesora de Ética y Filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona. Publicó múltiples libros, entre ellos “Introducción a la filosofía política”, “Ética de la es... (Lea mas)