El Imperio del dolor - Reseña crítica - Patrick Radden Keefe
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El Imperio del dolor - reseña crítica

El Imperio del dolor Reseña crítica Comienza tu prueba gratuita
Biografías y memorias

Este microlibro es un resumen / crítica original basada en el libro: Empire of pain

Disponible para: Lectura online, lectura en nuestras apps para iPhone/Android y envío por PDF/EPUB/MOBI a Amazon Kindle.

ISBN: ‎9788418052491

Editorial: Reservoir Books

Reseña crítica

Desde 2017, Patrick Radden Keefe ha investigado los secretos de la dinastía Sackler: las complicadas relaciones familiares, los flujos de dinero, sus dudosas prácticas corporativas… El resultado es esta bomba periodística que relata el auge y declive de una de las grandes familias americanas y su oscuro emporio de la salud. 

Una desconstrucción mordaz y meticulosamente documentada de la familia responsable del analgésico OxyContin. ¿Quieres descubrirla?

El patriarca

Arthur Sackler nació en Brooklyn en el verano de 1913, como primogénito de inmigrantes que era, Arthur también compartía los sueños y las ambiciones de aquella generación de nuevos estadounidenses, comprendía su energía y su afán.

Ya a los 15 años, además de estudiar, colaboraba en el periódico de los alumnos como redactor y también ocupó un puesto vacante en el departamento editorial del centro como vendedor de publicidad en las publicaciones escolares. En vez de aceptar una remuneración al uso, Arthur propuso que le pagaran una pequeña comisión por cada anuncio que vendiera. La administración accedió y Arthur comenzó enseguida a ganar dinero. 

Tal vez se debiera simplemente a la crisis de la Gran Depresión, que le obligó a ayudar a mantener a sus propios padres, o quizá fuera por su ensalzado estatus de primogénito, o tal vez no fuera más que por su personalidad con tendencia dominante, pero lo cierto es que en algún sentido se comportaba con sus hermanos Mortimer y Raymond más como un padre que como un hermano mayor.

Durante sus años de estudiante de medicina ya había conseguido un interesante trabajo a tiempo parcial, un complemento más: esta vez como redactor creativo en una empresa farmacéutica alemana llamada Schering. Arthur había descubierto a lo largo de su vida que, entre sus múltiples aptitudes, una que se le daba particularmente bien era venderle cosas a la gente.

Además de la seria responsabilidad ligada a la profesión médica, también rondaban a Arthur otras preocupaciones. ¿Sería la vida de un médico profesional suficiente, por sí sola, para satisfacerlo?

La historia de los primeros Sackler

En aquel tiempo, la psiquiatría no estaba entre los campos mejor considerados de la medicina. Al contrario. Los psiquiatras ganaban menos dinero que los cirujanos o que los médicos de cabecera, y disfrutaban de menor reconocimiento social y científico. 

Tras finalizar la residencia, Arthur quería proseguir con su investigación en psiquiatría, pero no tenía ningunas ganas de abrir una consulta ni de visitar a pacientes; además, todavía sentía la necesidad de ganar dinero para contribuir al sostén familiar.

Después de todo, debía encargarse de pagar los estudios de medicina de sus hermanos. Así que optó por un trabajo en la industria farmacéutica, en Schering, empresa para la que había realizado encargos de redactor creativo en sus años de estudiante.

Pero cuando Estados Unidos entró en la guerra, los problemas de vista de Arthur lo libraron de servir en combate y, en vez de incorporarse al servicio militar, comenzó un nuevo periodo de residencia en paralelo, en Creedmoor.

En aquel periodo, el tratamiento preferido en Creedmoor era la terapia con electrochoque, pero Arthur lo desdeñaba. Otra técnica más dura todavía que estaba poniéndose de moda por entonces era la lobotomía.

Fue a principios de los años cuarenta, con la introducción de la penicilina, cuando nació una nueva era: la de los antibióticos, potentes medicamentos capaces de detener las infecciones de origen bacteriano. 

Con el estallido de la guerra, las fuerzas armadas estadounidenses necesitaron grandísimas cantidades de penicilina para abastecer a las tropas, y se contrató a compañías como Pfizer para producirla. Como ninguna empresa poseía el monopolio de aquel fármaco, siempre fue barato y, por consiguiente, su producción y venta no resultaban particularmente lucrativas. 

El presidente de Pfizer era un ejecutivo joven y muy activo llamado John McKeen. Su empresa acababa de desarrollar un nuevo antibiótico. Pensó que si comercializaban bien el fármaco, podría ser un gran éxito. Quería promocionarlo con fuerza entre mayoristas y hospitales, así que recurrió a una agencia neoyorquina especializada en publicidad farmacéutica. 

La firma se llamaba William Douglas McAdams. Pero su dueño, y quien se encargaba personalmente de la cuenta de Pfizer, era Arthur Sackler. Además de su formación médica, Arthur poseía una aguda sensibilidad visual y una gran habilidad con el lenguaje.

La oportunidad de compatibilizar su interés por la medicina, el marketing y la farmacología le resultó irresistible e hizo grandes progresos en McAdams. Arthur usaba eslóganes pegadizos, gráficos llamativos y hacía campañas directas entre un público muy influyente: los recetadores. Había heredado de sus padres la veneración por la profesión médica. 

Al ver que quienes más influyen en los doctores eran sus propios colegas de profesión, contactó con médicos especialistas destacados para que respaldaran sus productos. A continuación, Arthur colaboró con McKeen en el lanzamiento de un bombardeo publicitario sin precedentes. 

Las tropas de choque en esa campaña serían los llamados visitadores: jóvenes y atildados agentes de ventas que, armados con folletos promocionales, visitarían a los médicos en sus consultas para hablarles de los aspectos positivos de un medicamento.

Arthur Sackler y la ética de la publicidad farmacéutica

Nadie estaba intentando aprovecharse de nadie ni engañarle, sostenía Arthur. Después de todo, a su juicio, los médicos eran gente irreprochable. Arthur tenía la sensación de haber visto el futuro: uno en que las empresas y los anunciantes de medicamentos harían llegar al público fantásticas innovaciones a la vez que ganarían mucho dinero. 

Pero todos los detractores parecían no querer más que poner freno al emocionante progreso médico que estaba produciéndose a su alrededor. Lo que de verdad querían, según creía Arthur, era “retroceder en el tiempo”.

Arthur asumió entonces más proyectos que nunca. Uno de los negocios en que Arthur tenía una participación encubierta era su más ostensible rival, la agencia L. W. Frohlich. Para el resto del mundo, Sackler y Frohlich eran competidores, pero en verdad Arthur había ayudado a Frohlich a montar su negocio invirtiendo dinero, enviándole clientes y, para rematar, confabulado con él en secreto para repartirse el pastel de la publicidad farmacéutica.

El problema era que, debido a las normas sobre conflictos de intereses, una sola agencia no podía gestionar dos cuentas de productos competidores entre sí. Así que fundaron dos agencias distintas, pero ellos eran amigos. 

Por su parte, el Librium y el Valium hicieron muy rico a Arthur Sackler trabajando con Roche. Pero comenzaron a surgir ciertos indicios preocupantes de que los medicamentos milagro diseñados por Leo Sternbach en Roche podrían no estar tan milagrosamente exentos de efectos secundarios como las campañas publicitarias habían dado a entender.

Dijera lo que dijera la compañía, en la vida real, había casos cada vez más numerosos de consumidores de aquellos tranquilizantes que desarrollaban una dependencia total de los mismos. 

Ante tal evidencia, Roche optó por dar una interpretación diferente: aunque tal vez fuera cierto que algunos pacientes parecían estar abusando del Librium y el Valium, eran personas que hacían un consumo no terapéutico de estos fármacos.

Cuando Roche permitió por fin que sus tranquilizantes se sometieran a mayor control, el Valium formaba parte ya de la vida cotidiana de unos veinte millones de estadounidenses y era el medicamento con receta que se consumía (y del que se abusaba) con mayor profusión en todo el mundo.

La dinastía

Arthur siguió con su vida, incluso, en vez de aminorar la marcha al hacerse mayor, parecía estar acelerando el paso, como si estuviera echándole una carrera al tiempo.

Pero su edad y el ritmo de vida que seguía llevando terminaron por pasarle factura. Arthur tenía setenta y tres años, toda la vida había detestado estar enfermo, y cuando ingresó al hospital optó por no decirle nada a su familia. Cuando sus hijos se enteraron y acudieron a verlo, ya había fallecido.

Los hermanos que habían estado tan unidos en los tiempos en que se había construido su imperio y luego se habían distanciado, habían desarrollado una tendencia a engañarse mutuamente sobre el valor real de los distintos negocios que manejaban.

Richard Sackler fue el sobrino de Arthur, el hijo de Raymond. También estudió medicina, y era un inventor en ciernes; su nombre acabaría en más de una docena de patentes. Cuando se le ocurría una idea para un nuevo producto, por descabellada que fuese, descolgaba el teléfono y llamaba a alguien que trabajase para la empresa para ver qué podía hacer.

Era un tipo muy listo, pero poco juicioso. Fue un partidario clave de la transición de Purdue Frederick al sector de los tratamientos para el dolor.

En 1991 la familia formó una nueva empresa, Purdue Pharma. Purdue Frederick seguiría existiendo, para encargarse de los remedios sin receta. Pero la creación de esta nueva entidad corporativa traslucía la ambición que albergaban Richard y los miembros de la familia Sackler de su generación.

Su objetivo, como él decía, era “conseguir productos cada vez más innovadores, y obtenerlos con cada vez mayor frecuencia, con mucho más potencial y más recursos puestos en ellos”. 

En 1993, ascendió a la posición de vicepresidente sénior. Los movimientos de la familia parecían indicar que se estuviese cociendo algún nuevo medicamento que funcionaría de veras. Lo llamarían OxyContin. Tenía el potencial para convertirse en un medicamento muy efectivo para los dolores ocasionados por el cáncer.

Pero si Purdue quería poner en el mercado un opioide tan potente como el OxyContin y orientarlo a otros tipos de dolor, menos graves y más persistentes, el hecho de que entre los médicos cundiera la opinión de que los opioides podían ser muy adictivos suponía todo un reto. Para lograr que el medicamento desplegase todo su potencial comercial, los Sackler y Purdue tendrían que desmontar esa idea.

De medicamento milagroso a epidemia mortal

El OxyContin era efectivo tanto para dolores agudos y a corto plazo como para los de tipo crónico; un medicamento que podía usarse durante meses, años, toda una vida, “con el que quedarse”, decía la publicidad. Desde la perspectiva de las ventas, se trataba de una fórmula muy sugerente: comienza cuanto antes y no pares nunca.

El marketing en que descansaba el OxyContin era de una circularidad empírica, es decir, la empresa convencía a los médicos de que se trataba de un medicamento seguro, recurriendo a una literatura que habían elaborado otros médicos a quienes pagaba o financiaba.

Cinco años después de la aparición del medicamento, Purdue había incrementado el personal de ventas por más de la mitad.

A pesar de todas las instrucciones dadas por Purdue al equipo de ventas para evitar palabras como “potente” a la hora de describir el OxyContin, lo cierto es que se trataba de un fuerte narcótico, lo que precisamente formaba parte del atractivo para los usuarios, y también del peligro. Una sobredosis podía llegar a provocar un fallo respiratorio; se caía en un sueño tan grato y profundo que se dejaba de respirar.

En enero de 2001, un cargo ejecutivo del equipo de ventas acudió a un encuentro en el instituto de Gadsden, en Alabama, que había organizado un grupo de madres que habían perdido a sus hijos debido a una sobredosis de OxyContin. “Ha llegado a decirse que el éxito de ventas del OxyContin se ha conseguido a costa de esos niños muertos”, informó después a Richard.

Al mes siguiente, Mortimer (hermano de Richard) le mostró un artículo de prensa donde se recalcaba que había habido hasta cincuenta y nueve muertes relacionadas con el OxyContin en un solo estado. Además, mucha gente a la que habían prescrito el OxyContin se vio experimentando síntomas del síndrome de abstinencia entre dosis. 

Cuando el fiscal Brownlee accedió a su cargo, su estado estaba inundado de OxyContin. No llevaba en el puesto ni un mes cuando la fiscalía anunció que los miembros de una banda que traficaba con aquel fármaco se habían declarado culpables de los cargos que se les imputaban. 

Aquella crisis tenía muy ocupados a los fiscales: cada dos semanas, prácticamente, se presentaban cargos contra médicos, distribuidores, farmacéuticos, ladrones que robaban farmacias, etcétera. Y cuantos más casos de esos afloraron, más se apreciaba un denominador común a todos ellos: esa pastilla que parecía ejercer un hechizo tan fuerte en la comunidad. ¿Quién la fabricaba?

Brownlee lanzó un ultimátum: o Purdue y los ejecutivos firmaban la declaración de culpabilidad, o se enfrentaban a cargos penales. Recibió amenazas telefónicas pero no claudicó y finalmente Purdue admitió su culpabilidad, dejando a varios de sus cargos más altos lejos de la industria farmacéutica por muchísimo tiempo, pero la familia permaneció impoluta.

OxyContin siguió vendiendose, generando un mercado negro muy turbio. Purdue monitorizaba esos encargos mediante los datos detallados que le facilitaba IMS. Diversos directivos de la empresa se percataron de los extraordinarios volúmenes de recetas generados por Lake Medical, pero no tomaron ninguna medida de intervención.

Notas finales

En 2010, Purdue obtuvo la aprobación para promocionar la reformulación del OxyContin como menos susceptible al abuso. Esta medida podría parecer un reconocimiento tardío de su papel en la crisis, aunque la empresa afirmó que retiraba la fórmula original por razones de "seguridad". En noviembre de 2019, Jeffrey Rosen, fiscal general adjunto de la Administración Trump, anunció una resolución de las investigaciones sobre Purdue y los Sackler. La empresa admitió culpa en varios cargos federales, pero ningún ejecutivo enfrentó cargos individuales.

La pandemia de 2020 intensificó la crisis de los opioides, con más recaídas debido al aislamiento social y la presión económica. El acuerdo se cerró en 2022, con los Sackler pagando 6 mil millones de dólares a las víctimas y obteniendo cierta inmunidad. 

Aunque la familia no asumió plenamente la responsabilidad, enfrentaron una deshonra pública tras causar más de 500 mil muertes por sobredosis en dos décadas en Estados Unidos.

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¿Quién escribió el libro?

Patrick Radden Keefe es un periodista estadounidense y autor de reconocidos artículos y libros de periodismo narrativo. En 2006 comenzó a colaborar con The New Yorker, revista de la que ha sido redactor. En 2013 recibió el premio National Magazine Award for Feature Writing por el artículo "A Loaded Gun" (The New Yorker, 2013)1​. El... (Lea mas)

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