El palacio destruido que vive en el cuerpo
En textos de la antigua China la llamaban huaifu, palacio destruido, porque demuele el cuerpo desde adentro, cuarto por cuarto. El Mycobacterium tuberculosis crece tan lento que puede permanecer latente durante décadas, protegido por una pared celular casi cerosa. Dos siglos después de que la ignorancia matara al hijo de James Watt, Henry, un joven de diecisiete años en Sierra Leona, enfrenta la misma bacteria en un hospital sin agua corriente ni electricidad estable.
Cuando la muerte se convirtió en un ideal de belleza
Los médicos del siglo XIX hablaban de spes phthisica: la creencia de que la enfermedad afinaba el espíritu y encendía el genio creativo, como en John Keats o las hermanas Brontë. La delgadez extrema, la palidez traslúcida y las mejillas encendidas por la fiebre se volvieron el ideal de belleza victoriano, mientras se afirmaba que las personas negras e indígenas eran incapaces de contraer esta 'enfermedad civilizada', ocultando la mortandad real que el colonialismo provocaba en sus colonias.
El medicamento que llegó demasiado tarde para salvarla
Entre 1966 y 2012, cuarenta y seis años, ninguna farmacéutica desarrolló un antibiótico nuevo contra la tuberculosis porque los enfermos no eran clientes rentables. Cuando llegó la bedaquilina, capaz de salvar a pacientes con cepas resistentes, Johnson & Johnson la protegió con patentes que la volvían prohibitiva. Shreya Tripathi, activista india, ganó en los tribunales el derecho a recibirla, pero el fármaco llegó tarde: sus pulmones ya estaban destrozados y murió poco después.
:quality(90)/https%3A%2F%2Fcdn.12min.com%2Fbooks%2Fbooks_new_cover_experiment%2F63568_cover.original.png%3F1790281084)