El sueño ajeno que se convirtió en destino
Debra McCurdy nunca pudo ser actriz porque sus padres se lo impidieron. Décadas después, peinando a su hija en Garden Grove, le anunció que Hollywood sería su destino, disfrazando el mandato de sacrificio maternal. La casa, tomada por el acaparamiento compulsivo tras su cáncer, no dejaba dormitorios libres: todos dormían en colchonetas. En el primer trabajo de Jennette, una escena de The X-Files, descubrió que su miedo y su tristeza en cámara emocionaban a su madre más que cualquier otro logro.
Cuando el propio cuerpo se vuelve terreno ajeno
A los once años, un bulto en el pecho de Jennette resultó ser el inicio de la pubertad, algo que aterraba a su madre porque un cuerpo de niña conseguía más papeles. Debra le enseñó entonces la restricción calórica como si fuera un secreto compartido entre ambas. Hasta los diecisiete años, además, insistió en bañarla y revisarle el pecho y los genitales bajo el pretexto de prevenir el cáncer. Para soportarlo, Jennette aprendió a desconectarse de su cuerpo e imaginar que estaba en Disneyland.
El día que la vergüenza dejó de ganar
La recuperación llegó de la mano de Jeff, un especialista que la hizo subirse a una báscula desde la primera sesión pese al pánico que eso le provocaba. Le enseñó que un tropiezo no es una caída, y que la vergüenza —no el error— es lo que mantiene atrapadas a las personas en sus ciclos destructivos. Jennette aprendió a comer sin culpa, vendió la casa que la ahogaba y, en su cumpleaños veinticuatro, tiró la báscula por el ducto de la basura, decidida a no comprar otra.
:quality(90)/https%3A%2F%2Fcdn.12min.com%2Fbooks%2Fbooks_new_cover_experiment%2F63590_cover.original.png%3F1790695660)