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Lo que vio el perro - reseña crítica

Lo que vio el perro Reseña crítica
Autoayuda y motivación y Psicología

Este microlibro es un resumen / crítica original basada en el libro: What the Dog Saw: And Other Adventures

Disponible para: Lectura online, lectura en nuestras apps para iPhone/Android y envío por PDF/EPUB/MOBI a Amazon Kindle.

ISBN: 9786073157384

También disponible en audiobook, descarga ahora:


Reseña crítica

La curiosidad sobre la vida interior y las tareas cotidianas de otras personas es uno de los más fundamentales impulsos humanos, el mismo que empujó a Malcolm Gladwell a reunir por primera vez sus mejores reportajes y reflexiones para la revista The New Yorker.

En este libro, encontrarás motivación y herramientas que te ayudarán a elegir el camino correcto para lograr tus metas. ¿Qué estás esperando?

Cómo encontrar las ideas

Para el autor, el desafío para encontrar ideas consiste en convencerse de que cualquier persona u objeto tiene una historia que contar. Otro truco es entender la diferencia entre poder y conocimiento.

Gladwell recomienda que quien quiera saber lo que ha ocurrido en algún caso no empiece por arriba. Que empiece por el medio, porque en este mundo la gente del medio es la que saca el trabajo adelante.

Desde su experiencia como periodista, sostiene que la gente de arriba tiene mucho cuidado con lo que dice. Y con motivo: tiene una posición y unos privilegios que proteger, y la prudencia es enemiga de los intereses.

Malcolm cuenta la historia de Ron Popeil, un vendedor ambulante devenido en creador de artefactos para la cocina.

Afirma que durante casi todo el siglo él llevaba haciendo lo que todos los expertos decían que no se podía hacer en la economía moderna: inventó algo nuevo en su cocina y salió a venderlo él mismo.

Como suele decirse, detrás de un vendedor ambulante siempre hay un buen actor, pero un actor no tiene por qué ser buen vendedor.

Un buen vendedor te saca el dinero mientras no dejas de aplaudir. Debe ser capaz de ejecutar sin fisuras “el giro”, ese tránsito peligroso, crucial, del actor al hombre de negocios.

Para salir airoso de este frenesí vendedor con la maestría de Arnold, es preciso poseer el dominio de la expectativa.

Hay que explicar el invento a los clientes, y no un par de veces, sino tres o cuatro, con un giro diferente cada vez.

Hay que mostrar exactamente cómo funciona y por qué, conseguir que la gente se fije en lo bien que se corta el hígado con el invento; luego, expresar con exactitud cómo encaja este artefacto en su rutina y, finalmente, venderlo convenciendo a todos de que, aunque se trate de algo revolucionario, no es nada difícil de usar.

La tele permitía hacer con más eficacia aún lo que hacen los mejores vendedores ambulantes en sus demostraciones en vivo: hacer del producto la estrella. Ron lo entendió a la perfección y se sumergió en ese mundo.

Nassin Taleb, también entrevistado por Malcolm, es un exitoso matemático que sostiene que “la clave no está en tener ideas, sino en tener la receta para manejarlas. No necesitamos moralismos. Necesitamos un conjunto de trucos, un protocolo que estipule precisamente lo que debe hacerse en cada situación”.

En relación con esta frase, el autor sostiene que hay más coraje y heroísmo en desafiar al impulso humano, en emprender los dolorosos pero útiles pasos para blindarse contra lo inimaginable.

El arte del fracaso

Los seres humanos, a veces, vacilan bajo presión. Los pilotos se estrellan, los buceadores se ahogan. En el fragor de la competición, los jugadores de baloncesto no encuentran la canasta ni los golfistas la bandera.

Cuando ocurre esto, decimos que el deportista ha tenido pánico a ganar o, por usar un término más coloquialmente deportivo, que se ha ahogado ante la victoria.

Tanto ahogarse como dejarse dominar por el pánico se consideran cuestiones tan malas como abandonar. Pero el autor nos pregunta: ¿son todas las formas de fracaso iguales?

Vivimos en una era obsesionada con el éxito, con documentar todos los modos en que la gente con talento vence los desafíos y supera los obstáculos. Sin embargo, también hay mucho que aprender de las personas muy talentosas que a veces fracasan.

El estrés borra la memoria a corto plazo. La gente con mucha experiencia tiende a no dejarse dominar por el pánico porque, cuando el estrés suprime su memoria a corto plazo, todavía le queda algún residuo de experiencia que utilizar.

Bajo circunstancias de gran tensión, sin embargo, el sistema explícito a veces asume el control. Esto es lo que significa ahogarse.

El pánico, en cambio, no nos deja pensar. Olvidamos cosas que tenemos aprehendidas de una manera brutal y no somos muy conscientes de nuestros actos. Pareciera que perdemos la memoria parcialmente.

Cuando adquirimos un nuevo conocimiento, al principio se va muy despacio, hasta que se ha aprendido la secuencia, y entonces se avanza cada vez más rápido. A esto se lo llama aprendizaje explícito.

Por otro lado, existe otra manera de aprender, y se trata de los casos en los que el sujeto aprenderá una secuencia inconscientemente. A esto se lo llama aprendizaje implícito: es el que se produce fuera de la conciencia.

El ahogamiento es pensar demasiado. El pánico es pensar demasiado poco. El ahogamiento tiene que ver con la pérdida de instinto. El pánico consiste en la vuelta al instinto. Puede que parezcan lo mismo, pero son dos mundos aparte.

Hay casos en los cuales el modo en que se produce el fracaso es crucial para entender por qué se produce. Muchas veces, ante determinadas situaciones, lo que debemos aplicar es el aprendizaje implícito y no el explícito, o viceversa.

El autor cuenta la historia de Shirley Polykoff e Ilon Specht. Ellas eran brillantes redactoras publicitarias que lograron captar en el espacio de una frase, “Porque tú lo vales”, las particulares sensibilidades feministas de los tiempos que corrían.

Ejemplifican un momento extraño de la historia de la sociedad estadounidense, cuando el tinte de pelo tuvo que ver con las políticas de asimilación, el feminismo y el amor propio.

Pero, en cierto modo, sus historias dicen mucho más: hablan de la relación que tenemos con los productos que compramos y de la paulatina comprensión de un hecho por parte de los anunciantes.

Estas extraordinarias mujeres no se dejaron llevar por la tensión y las adversidades del contexto al que se enfrentaban. Hicieron de ello una oportunidad para crear algo único e irremplazable.

Nunca es tarde

Hace algunos años, un economista en la Universidad de Chicago llamado David Galenson decidió averiguar si la presunción sobre la creatividad en cuanto a que el genio está ligado a la precocidad era correcta o no.

En aquella investigación, descubrió que la creatividad puede dividirse en dos tipos, conceptual y experimental, y que tiene un número de implicaciones importantes. Por ejemplo, a veces pensamos que lo que les pasa a los creativos de maduración tardía es que tardan en arrancar.

Como no comprenden que algo se les da bien hasta que cumplen los 50, lógicamente alcanzan el éxito tarde en la vida. Pero esto no es exactamente así. El pintor Cézanne, por ejemplo, empezó casi tan pronto como Picasso.

También pensamos, a veces, que cuando a un artista se lo descubre tarde, fue porque el mundo tardó en apreciar sus dones.

En ambos casos se presume que el prodigio y el maduro tardío son fundamentalmente lo mismo, y que un florecimiento tardío es sencillamente un genio bajo condiciones de fracaso en el mercado.

Lo que el argumento de Galenson sugiere es algo más: que los tardíos florecen tarde porque, hasta un momento tardío de sus carreras, sencillamente no son muy buenos.

Sostiene que: “Personalidades más felizmente dotadas y más integrales han sido capaces de expresarse armoniosamente desde el principio mismo. Pero naturalezas ricas, complejas y contradictorias como la de Cézanne requieren un largo periodo de fermentación”.

En su camino al éxito, la flor tardía parecerá un fracaso: mientras revisa y desespera, cambia el curso y reduce lienzos a jirones después de meses o años de trabajo, lo que este artista produzca se parecerá a lo que crean aquellos que nunca florecerán en absoluto. Para los prodigios, todo es más fácil. Su genio les precede. La flor tardía lo tiene difícil.

Siempre que nos encontramos ante una flor tardía, no podemos al menos no preguntarnos cuántas otras habremos despreciado por haber juzgado sus talentos antes de tiempo.

Nunca es tarde para triunfar, y el éxito puede sorprender en cualquier momento si nos encontramos en acción.

Lo que vio el perro

El título de este libro surge a partir de la investigación que realiza el autor acerca de la vida de Cesar Millán, quien dirige el Centro de Psicología Canina desde un taller mecánico reformado en la zona industrial de Los Angeles South-Central.

No tiene ninguna formación académica especializada. Aprendió lo que sabe mientras se criaba en México, en el rancho que su abuelo tenía en Sinaloa. De niño lo llamaban “el Perrero”, porque observaba incansablemente a estos animales. Los estudió hasta sentir que podía meterse en la mente de un perro.

César Millán es el presentador del programa de televisión “El encantador de perros”, que en Estados Unidos se emite por el canal National Geographic. En todos los episodios, recibe un caos canino y deja tras de sí la paz cambiando la conducta de los animales.

La esposa de César afirma que al comienzo él era un machista egocéntrico que pensaba que el mundo giraba a su alrededor. Veía el matrimonio como un contrato según el cual el hombre le dice a la mujer lo que debe hacer. Nunca le brindaba afecto, compasión ni comprensión. Creía que el matrimonio era para hacer feliz al hombre, y asunto terminado.

Cansada de esta situación, ella le puso como condición para seguir juntos que comenzaran terapia de pareja. Millán accedió y allí tuvo un gran descubrimiento, que tiene que ver con la frase elegida por el autor para este libro.

Él pensó: “¡Ya está! Es como con los perros. Necesitan ejercicio, disciplina y afecto”. Su mujer, muy ofuscada por la incapacidad de César de dejar de pensar en sus perros, siguió ofendida durante un tiempo.

César se relacionaba con perros porque no se sentía conectado con la gente; eran su manera de sentir pertenencia al mundo, porque él no era sociable. Le costaba abrirse. Su esposa afirma que todo cambió cuando César pudo comprender cuál era la psicología de su mujer. Cambió la perspectiva.

Solo poniéndose en la piel de un perro, pensó Gladwell, los secretos de Millán, un hombre capaz de calmar al animal más inquieto o enfurecido con un simple gesto, podrían ser destapados. Es un divertido y eficaz ejemplo del método gladwelliano, consistente en "mirar el problema con ojos ajenos".

Notas finales

Esperamos que los aportes de Malcolm Gladwell te sirvan para que, con entusiasmo, generes herramientas que te permitan tener mejores ideas e ir en busca de tus sueños, tengas la edad que tengas.

Consejo de 12min

En el microlibro “Deshaciendo errores”, de Michael Lewis, encontrarás la maravillosa historia de los psicólogos Danny Kahneman y Amos Tversky, que desmontaron todas las suposiciones existentes respecto al funcionamiento de la mente humana y la toma de decisiones para llevar a la ciencia y la psicología a otro nivel.

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