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La vida de Friedrich Nietzsche - reseña crítica

La vida de Friedrich Nietzsche Reseña crítica
12min Personalities

Este microlibro es un resumen / crítica original basada en el libro: 

Disponible para: Lectura online, lectura en nuestras apps para iPhone/Android y envío por PDF/EPUB/MOBI a Amazon Kindle.

ISBN: 

Editorial: 12min Originals

También disponible en audiobook, descarga ahora:


Reseña crítica

El prusiano/alemán fue uno de los filósofos más importantes de todos los tiempos. Sus textos y pensamientos impactaron en todos los pensadores que le sucedieron. A través de sus obras y su estilo de vida, consiguió marcar profundamente tanto la historia como la cultura occidental.

Infancia y juventud

Nietzsche nació el 15 de octubre de 1844 en el pueblo de Röcken, en ese entonces perteneciente a Prusia -actual Alemania-. Provenía de una familia muy religiosa. Su padre era un pastor luterano que murió antes de que Friedrich cumpliera cuatro años. Poco después fallecería su único hermano.

La familia se trasladó entonces a Naumburgo para vivir con la abuela y las tías de Nietzsche. Sería criado entre mujeres.

Por demostrar un temprano talento para la música y el lenguaje, en 1858 fue aceptado en la reconocida escuela Schulpforta, donde estudiaría hasta 1964.

Con veinte años se dirigió a Bonn para estudiar teología porque su madre deseaba que fuera pastor, pero luego de un semestre acabó abandonando el curso para formarse en filología clásica. Continuaría sus estudios en Leipzig.

En esa época contrajo sífilis, enfermedad que lo acompañaría durante toda su vida, así como las intensas migrañas que sufría desde pequeño. Durante esta etapa también abandonó el cristianismo.

Antes de graduarse, la Universidad de Basilea le ofreció el cargo de profesor de filología clásica. En 1869 la Universidad de Leipzig le concedió el doctorado sin tomarle un examen ni disertación, como reconocimiento por la calidad de sus investigaciones.

Influencias: Schopenhauer y Wagner

En su juventud, comenzó a leer a Arthur Schopenhauer y se vio obnubilado por sus ideas. Se sintió tan cautivado por la filosofía que acabaría superando su interés por la filología.

Tomó el concepto del cosmos de su colega como una voluntad que lucha por hacerse paso de manera espontánea y caótica, sin obedecer a una razón organizadora.

En 1868 conoció a otro admirador de Schopenhauer, el músico Richard Wagner. Formaron una amistad que duraría años, aunque acabarían distanciándose hasta tornarse enemigos.

En sus publicaciones, Nietzsche no dudó en alejarse de la teoría académica e implementar las contradicciones y las paradojas. Se negó a desarrollar su pensamiento en forma de sistema, prefiriendo formas más literarias.

Por su estilo plagado de aforismos e historias, no resulta fácil interpretar sus pensamientos o establecer una sistematicidad en sus estudios. Es necesario renunciar a la idea de rotularlo.

El filósofo formó parte de una rebelión que tomó lugar en el siglo XIX contra la religión, las creencias tradicionales y la cultura occidental. Hasta entonces, Sócrates y Platón eran indiscutibles en la filosofía, pero eso estaba a punto de cambiar.

Filosofía: “Dios ha muerto”

Nietzsche, autor de más de una veintena de libros sobre pensamientos filosóficos, conceptualizó esta polémica frase en “La gaya ciencia” (1882) y “Así habló Zaratustra” (1885).

Pero, ¿cómo llegó a esta idea destructora y revolucionaria? Antes de Sócrates, el mundo griego estaba regido por dos valores: el espíritu apolíneo y el espíritu dionisíaco. El primero era la razón, la claridad y la moderación. El segundo representaba el éxtasis, la embriaguez, el desenfreno y lo irracional. Ambos se encontraban fusionados y formaban parte de la vida.

Para Nietzsche, la vida es caótica, contradictoria, imprevisible y cambiante. Pero Sócrates impuso la idea de un mundo perfectamente racional y ordenado. Fue el culpable de que ambos espíritus dejaran de convivir. Su ética desplazó lo dionisíaco en pos de una vida racional y moderada.

Platón, en su metafísica, profundizó esta postura. Dividió lo real en dos dimensiones: la realidad sensible -el mundo que nos rodea- y la suprasensible -el mundo de las ideas-. Este último es el fundamento real de todo lo que tenemos a nuestro alrededor.

Al sobrevalorar ese mundo suprasensible, Nietzsche entendió que la metafísica expulsaba lo dionisíaco, lo cotidiano; y consagraba valores que no existían, que no formaban parte de la vida.

El cristianismo tomó ese mundo de las ideas platónico y lo convirtió en religión: ubicaron a un creador todopoderoso en el mundo perfecto, celestial, y predicaron valores que no se basaban en la vida, sino en el resentimiento contra la vida. Nació la idea de que debemos sufrir y resignarnos en este mundo para lograr un pasaporte hacia el otro mundo divino.

Nietzsche, con la dureza que lo caracterizaba, definió al cristianismo como un “platonismo para el pueblo”. Porque los teólogos tomaron el mismo esquema conceptual creado por Platón y lo impusieron a las masas.

Con la frase “Dios ha muerto”, Nietzsche defendió la idea de que los hombres asesinaron al todopoderoso porque ya no necesitaban a un padre omnisciente que los protegiera, que los hiciera sentir culpables.

La expresión no es un abandono de la religión, sino una convicción por destruir la idea de que los valores tienen que ser fijos y estrictos y estar basados en un Dios severo.

Con esta declaración se rechaza todo tipo de servilismo y la idea de que los hombres deben obedecer a alguna deidad. Nietzsche destruye así todo el universo filosófico que existía hasta el siglo XIX.

Nihilismo: “Negar la existencia de Dios será la única salvación del mundo”

El pensamiento nihilista lleva presente en la filosofía desde la Antigua Grecia, aunque recibió su nombre en el siglo XIX. Proviene del latín ‘nihil’, que significa nada. Podría decirse entonces que el nihilismo es la afirmación de la nada.

Esta teoría declara que es posible prescindir del sentido de la historia, liberarse del espíritu de la época y mirar a la historia sin ilusiones. No acepta ningún principio de autoridad.

Se niega cualquier cosa que pretenda un sentido superior determinista de la existencia, es partidaria de las ideas vitalistas y lúdicas. Busca deshacerse de los conceptos preconcebidos para dar paso a una vida con opciones abiertas de realización que incluso pueden contradecirse entre sí.

Nietzsche atacó los fundamentos judeocristianos de nuestra cultura para liberar los orígenes griegos: cuestiones como el “eterno retorno”, la “inversión de valores”, la “voluntad de poder” y el “ultrahumano”.

A pesar de no ser concebidas como ideas políticas, algunos años más tarde Hitler y el nazismo se apropiarían de estos conceptos.

El “eterno retorno” es la culminación de la filosofía nietzscheana. Normalmente, concebimos el tiempo en pasado, presente y futuro. Pero no se trata de un esquema lineal, sino de un movimiento circular. No hay una salida y una meta, sólo existen ciclos, que son, en otras palabras, un eterno retorno.

Es importante aclarar que Nietzsche no era nihilista, sino que diagnosticó a la sociedad con la enfermedad del nihilismo. Éste era resultado de la decadencia de la cultura occidental, que a su vez era consecuencia de haber conceptualizado y negado las posibilidades de la vida. Prácticas propias de la religión y la ciencia moderna.

Ultrahumano: “Lo que no me mata, me hará más fuerte”

Nietzsche creía que era fundamental desarrollar un pensamiento crítico y que no se debía rechazar lo diferente.

Friedrich intentaba recuperar el dinamismo de la vida. Y no sólo arremetió contra la religión, sino también contra la ciencia, que pretendía (y aún lo hace) definir la realidad en conceptos, siendo que ésta siempre ha sido dinamismo puro.

Tanto religión como ciencia buscan quedarse con la apariencia de la realidad y no con la realidad en sí misma. Ésta es mucho más expresable a través de metáforas y manifestaciones artísticas y no mediante religiones estandarizadas o conceptos científicos estáticos.

Con la “muerte” de Dios, Nietzsche aplicó su “filosofía de martillo”: era necesario destruir toda la cultura occidental. Debía caer toda estructura que en el fondo fuese vacía, estéril y decadente. Había llegado la hora de crear valores que fueran propios de los hombres.

Pero esos valores no podían ser encarnados por el viejo hombre occidental, Nietzsche creó entonces la figura del “superhombre” o “ultrahumano”, un individuo capaz de abandonar la moral del esclavo y crear valores nuevos, dispuesto a abrazar la vida. Por fin se recuperaban la serenidad y la dicha precristiana de los griegos.

Para llegar a ser un ultrahumano, el hombre debe pasar por tres fases. La primera es el camello, alguien que obedece ciegamente a la ley moral pero quiere aspirar a algo más. Ese deseo lo lleva a la segunda etapa, la del león, aquel que se niega a los valores impuestos pero es incapaz de crear valores nuevos. Finalmente, la tercera etapa es la del niño, quien está liberado de las creencias infundadas y es capaz de imponer su amor por la vida, empapado por lo dionisíaco.

La idea del ultrahumano es útil para que podamos definir nuestras propias ambiciones, comprender cómo sería la mejor versión de nosotros mismos y de qué manera podemos acercarnos a ella.

Vitalismo: “La vida es demasiado breve como para aburrirnos”

Para enfrentar la enfermedad del nihilismo, Nietzsche propuso el vitalismo. Hasta el surgimiento de esta teoría, el hombre había estado sometido a la moral del esclavo impuesta por el cristianismo.

Friedrich creía que debemos recuperar el instinto dionisíaco, amar la vida y disfrutar de nuestro mundo terrenal. Tenemos que volver a encontrar el devenir de la vida y su potencialidad creativa, que fue anulada por la religión, la ciencia moderna y Sócrates.

Nietzsche estaba convencido de que la vida es cruel y dolorosa, pero el arte nos puede dar la fuerza necesaria para afrontarla. Muestra de ello es una de sus frases:  “La vida sin música es un error”.

Debemos rechazar la cultura del mártir y hacernos cargo de la vida que queremos llevar. No es suficiente vivir temerosos de un Dios que todo lo ve y lo sabe. Necesitamos enfrentar lo insignificante de nuestra existencia para tomar control de ella, descubrir nuestras verdaderas pasiones y crear los valores que queremos que nos guíen.

¿Por qué? Por una cuestión meramente existencial: la vida, para todos, se termina. Aferrarse al presente se vuelve entonces la única manera de vivirla plenamente.

En este caso sí es correcto definir a Nietzsche como vitalista, debido a que pregonaba un auténtico amor por la vida y la necesidad de aferrarse al presente. No se culpaba por los errores del pasado; tampoco esperaba un futuro mejor ni sentía temor hacia él.

El filósofo lo expresa en otra de sus frases: “Sólo cuando el hombre renuncia al consuelo que le proporciona dar sentido al mundo adquiere su verdadera naturaleza”.

También consideraba que el lugar que la religión había dejado vacío tras la muerte de su mesías debía ser ocupado por la cultura y la filosofía. Una vez más, el arte iba a salvarnos.

Demencia y legado

Una de las mayores críticas de Nietzsche fue hacia la época de decadencia que precedió a la Primera Guerra Mundial. Aunque el propio filósofo tenía aspectos decadentes.

Se autopercibía como un artista con un estilo marcado e incluso llegó a firmar sus cartas como “Dionisos” o “El Crucificado”. Curiosamente, rechazaba al alcohol por la misma razón que al cristianismo: ambos adormecen a las personas, volviéndolas incapaces de luchar para mejorarse a sí mismos.

El 3 de enero de 1889 fue detenido en Turín luego de provocar algunos disturbios. Había sufrido un colapso mental. A pesar de no existir una versión oficial, se cree que su locura explotó al presenciar un alboroto causado por un cochero castigando a su caballo. Nietzsche habría corrido hacia él y abrazado el cuello del animal para protegerlo, gritando “¡Yo te comprendo!” y, a continuación, desvaneciéndose contra el suelo.

Nunca pudo recuperarse y vivió sus últimos once años al cuidado de su madre, quien luego de fallecer sería sustituida por su hermana. Nietzsche murió el 25 de agosto de 1900 en la ciudad de Weimar, a los 56 años, tras sufrir una neumonía. Como tantos otros, sería debidamente reconocido mucho después de su muerte. Recién en la segunda mitad del siglo XX fue considerado una figura importante de la filosofía contemporánea.

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