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El cuento de la criada - reseña crítica

El cuento de la criada Reseña crítica
Sociedad y política

Este microlibro es un resumen / crítica original basada en el libro: The Handmaid's Tale

Disponible para: Lectura online, lectura en nuestras apps para iPhone/Android y envío por PDF/EPUB/MOBI a Amazon Kindle.

ISBN: 9788498388015

Editorial: SALAMANDRA

También disponible en audiobook, descarga ahora:


Reseña crítica

La obra estelar de Margaret Atwood nos presenta una sociedad distópica donde las mujeres son reprimidas y usadas para procrear. Defred, una criada que debe proporcionar su vientre, cuenta su historia de sufrimiento, resiliencia y resistencia, acompañada del recuerdo de sus seres queridos. ¡Conozcamos su relato!

La noche

Dormíamos en lo que en otros tiempos era el gimnasio. Teníamos sábanas y franelas de algodón tan viejas, del ejército, que aún llevaban las iniciales U. S. Tía Sara y Tía Elizabeth hacían las rondas; en sus cinturones llevaban colgando aguijadas eléctricas como las que se usaban para el ganado.

No portaban armas de fuego, su uso era reservado a los Guardianes. A nosotras no nos dejaban salir, salvo para dar nuestros paseos, dos veces al día y de dos en dos.

Allí aprendimos a susurrar casi sin hacer ruido. Aprendimos a leer el movimiento de los labios. Así, nos comunicábamos nuestros nombres: Alma, Janine, Dolores, Moira, June.

Fui trasladada a un nuevo hogar. En la habitación hay una silla, una mesa y una lámpara. Han quitado de la habitación todos los objetos a los que se pueda atar una cuerda.

En el cuarto hay una ventana de vidrio irrompible. La ventana se abre parcialmente. En la pared hay un cuadro sin cristal. Intento no pensar demasiado; como el resto de las cosas, el pensamiento tiene que estar racionado.

En la cocina me encuentro a Rita y Cora, Martas, vestidas de un color verde pálido diferente a mi rojo. Ellas llevan el trabajo de la cocina y el aseo, es mejor eso que ser catalogada como no mujer y ser enviada a las Colonias a morir.

Hoy me toca hacer la compra, la salida por la puerta trasera da al jardín, el reino de la Esposa del Comandante. Yo también tuve un jardín, recuerdo el olor a la tierra movida, los bulbos abiertos en mis manos.

La primera vez que estuve cara a cara con la Esposa del Comandante fue en la puerta principal, hace cinco semanas, cuando llegué a este destacamento. “Quiero verte lo menos posible, y espero que sientas lo mismo con respecto a mí”, fue lo que dijo, no le respondí. 

“En cuanto a mi esposo, es nada más y nada menos que eso: mi esposo. Quiero que quede absolutamente claro”.

Aquella mujer en “otra vida” fue Serena Joy, una antigua presentadora de televisión del programa “La hora del Evangelio para las almas inocentes” que solía sintonizar al cambiar los canales.

Antes de salir a la calle para hacer la compra, vi al Guardián, Nick, lavando el auto. A veces sentía su prohibida mirada. ¿Lo hacía a propósito? ¿Qué pretendía? A lo mejor era un Ojo, un informante del gobierno de Gilead.

En la calle, me encontré con Deglen, otra criada. Aún debíamos salir en par como en los paseos del Centro Rojo. Supongo que es más fácil controlarnos, pillar a dos criadas o espiar a la otra.

—Bendito sea el fruto —me dijo, pronunciando el saludo aceptado entre nosotras.

—El Señor permita que madure —recité la respuesta adecuada.

El destacamento era bonito, casas bien cuidadas, focos antiguos, quizá lo que desentona son los hombres con ametralladoras: los Guardianes de la Fe.

A veces Luke y yo paseábamos por estas calles, decíamos que compraríamos una casa, aunque no podíamos permitirnos esos lujos. A veces pienso en él, si está muerto, si aún respira, si estará siendo torturado, o si habrá logrado cruzar hasta Canadá.

Cuando recuerdo el pasado, recuerdo las reglas. Reglas que no estaban escritas pero que cualquier mujer conocía: No abras la puerta a un extraño. No te pares en la carretera a ayudar a un motociclista. Si alguien silba, no te pares a mirar.

Ahora caminamos en la calle y ningún hombre nos grita obscenidades, ni nos habla, ni nos toca. Nadie nos silba. “Hay más de una forma de ser libres”, decía Tía Lydia.

El mercado nunca tenía gran cosa. Aún recuerdo cómo la metía, a ella, mi pequeña hija, en el carro de compras, en el espacio donde los niños pueden sacar sus piernas, le encantaba. Al igual que Luke, tampoco sé si está viva o si ha muerto. Trato de creer ambas posibilidades para mantenerme fuerte.

Se arma un alboroto, una de las criadas está en la dulce espera. Es una alegría para todas, en especial para ella que se pavonea con su enorme barriga. Es Janine; aún recuerdo cuando la señalabamos con el dedo en el Centro Rojo como culpable al permitir su propia violación.

La familia

Cora llama a mi puerta, es hora. Bajo las escaleras y entro a la sala. No hay nadie más. Ocupo mi posición, de rodillas, cerca de la silla y donde pronto estará Serena Joy. 

Poco a poco van llegando, Cora, Rita, Nick. Un poco más tarde oímos los pasos de Serena que entra regañando.

—Tarde, como de costumbre —dice.

El Comandante le sigue minutos después. Puedo ver su uniforme negro, su cabello plateado liso, su actitud seria y su espalda algo encorvada. Además, está su bigote también plateado. Sus modales son suaves; sus ojos azules, falsamente inofensivos.

Saca de un cajón la Biblia. Él tiene algo de lo que nosotros carecemos: la palabra.

“He aquí mi sierva Bilhá. Ella parirá sobre mis rodillas, y así también yo tendré hijos suyos”. Luego de leer aquel pasaje, con el que tanto nos machacaban en el Centro Rojo, cenamos.

Mientras comía el postre recordé a mi mejor amiga Moira y su intento de escapar del Centro Rojo. “Simularé que estoy enferma. Envían una ambulancia, yo lo he visto”. “Como máximo llegarás al hospital”, le dije. Su intento falló, me pregunto dónde estará ahora.

La ceremonia sigue como de costumbre, ahora solo estamos el Comandante, Serena y yo. Me tiendo de espaldas en la cama con la falda recogida. Detrás de mí está Serena Joy con las piernas abiertas, mi cráneo está sobre su pubis.

Ella me sujeta las manos, mientras el Comandante cumple su deber. Lo que pasa ahora no tiene nada que ver con la pasión, ni el amor, ni el romance, ni el deseo sexual. Es un asunto serio.

Una vez que todo termina, Serena me indica que me vaya.

Al volver a mi habitación, cambio mi ropa y quedo en camisón. Pero al rato escucho pasos, la puerta abrirse y crujir delante de mí: es Nick.

—Quiere verte en su despacho mañana —me dice.

El Jezabel

La primera vez que estuve dentro de la oficina del Comandante tenía miedo, no sabía qué quería de mí. Pero cuando me pidió jugar Scrabble con él, quise reír a carcajadas. Lucía como un hombre tímido, como aquellos que encantaban antes a las mujeres. Eso, o era un gran actor.

Su “guarida”, a la que ni su esposa podía entrar, estaba llena de libros que podían ser motivo de castigo en Gilead. Parecía sentir nostalgia de cómo era “el mundo” anteriormente.

Al terminar de jugar, dijo “Bésame”. Al principio sentí asco, pero no podía negarme. Su cara reflejaba tristeza. “Bésame como si lo desearas”, me dijo.

Las visitas al Comandante se hicieron recurrentes. Hablábamos del régimen, de las mujeres, de cómo todo cambió para mejor, algo que no compartí en lo absoluto pero que me hizo recordar a mi madre.

Siempre iba a marchas con otras mujeres, usaban pancartas que decían “Devuélvannos la noche”, y entre todas quemaban revistas pornográficas. Ella quería que yo fuese como ella, pero a mi me bastaba con tener un hogar feliz.

Una mañana de julio salí a hacer la compra. Deglen me acompañaba, esta vez me pidió dar una vuelta en otra parte del distrito y accedí.

—Podemos unirnos —dijo de la nada.

—¿Unirnos? —le respondí.

Deglen era parte de la resistencia, de Mayday. Su grupo sabía que yo iba todas las noches a charlar con el Comandante. Quería que yo le sacara alguna información.

Fue en julio también cuando Serena Joy me llamó aparte, para proponerme algo atípico.

—Intenta con alguien más, estaba pensando en Nick. Quizá el problema está en él —dijo, refiriéndose a su esposo—. Hazlo por mí, y quizá yo pueda hacer algo por ti.

—¿Qué? —le pregunté.

—Una foto de tu pequeña, pero solo quizá...

Eso significaba que sabía dónde estaba.

Serena arreglaría todo para llevarme hasta Nick. 

Cuando se hizo de noche, el Comandante mandó a buscarme. Esta vez me dió un regalo: ropa y maquillaje. Quería que saliera con él. Nick nos llevó a las afueras de la ciudad.

El lugar era un bar llamado Jezabel, donde mujeres acompañaban a hombres de alto rango.

—¿Qué opinas? —me preguntó. Yo no sabía qué decir. Me explicó que aquel era el mejor lugar para tratos y acuerdos con representantes de otras regiones.

No pude creer lo que mis ojos veían: en el bar estaba Moira, estaba viva. ¿Me había visto? La respuesta la obtuve en poco tiempo cuando hizo una seña para ir al baño.

Como pude, fui hasta el baño y ahí la encontré; lloré de la emoción. Me contó que pudo escapar gracias al apoyo de grupos externos y que ahora trabaja en el Jezabel. Pero Moira me traía otra información: había visto a mi madre en las Colonias.

—Calculan que, como máximo, se puede sobrevivir allí tres años, antes de que se te caiga la nariz a pedazos y la piel en tiras.

Sin embargo, yo estaba feliz, estaba feliz porque aún mi madre seguía viva.

El salvamento

Por la noche hace más calor que durante el día, a pesar de que hay un ventilador, todo permanece inmóvil; las paredes acumulan calor.

Oí un suave golpe en la puerta. Era Serena Joy, había arreglado el asunto con Nick.

Salí de la casa hasta el garaje, Nick dormía en un piso de soltero aledaño. Llamé a la puerta y allí estaba.

—No tengo mucho tiempo —le advertí. Sin embargo, charlé con él de bromas trilladas, películas antiguas, una manera de hablar que no corresponde a esta época. Nuestra conversación era infinitamente triste.

—Nada de fantasías románticas, ¿de acuerdo?

Alguna vez aquello debió significar: sin ataduras. Ahora significa: si se diera el caso, no te arriesgues por mí. En medio de todo pensé en Serena Joy, pero también en Luke y en si esto sería una traición.

Cuando pienso en Luke, recuerdo cuando el nuevo gobierno se instauró. Aprovecharon la coartada del terrorismo islámico para hacerse con el poder a través de las armas. Luego bloquearon las cuentas bancarias de todas las mujeres. Me preguntaba si Luke disfrutaba, estando a cargo de nuevo y teniéndome en una posición vulnerable.

Aquella no fue la última vez que me vi con Nick. A causa de eso me volví imprudente, corrí riesgos. Después de estar con el Comandante, me escabullía a su habitación.

Pero ese no fue el único evento importante. Nos llamaron para reunirnos y presenciar el ahorcamiento de pecadoras. Dos criadas y una esposa fueron ahorcadas en frente de nosotras, y luego un Guardián —como Nick— fue golpeado hasta morir por las criadas. Tía Lydia aseguraba que era un violador, pero Deglen me susurró que era uno de los suyos.

Comencé a perder el control semanas después, cuando mi compañera de mandados no era la misma, era una nueva Deglen. ¿La habían descubierto?

Las cosas no paraban ahí, Serena Joy había descubierto una camisa del Comandante manchada con lápiz labial. Su regaño fue monumental y yo solo quería llorar y correr hasta Nick.

Me siento en mi habitación, junto a la ventana. Tal vez sea la última vez que tenga que esperar. Pero no sé qué estoy esperando. Debo huir, pero es imposible. A lo lejos oigo una furgoneta, esa donde se llevan a los que nunca vuelven.

Ahora viene lo peor. La furgoneta se para frente a la casa y dos hombres salen de ella. Escucho como pasos se acercan a mi cuarto, espero a un desconocido, pero es Nick.

—Todo está bien, es Mayday. Vete con ellos.

—¿Con ellos? Debes estar loco.

—Confía en mí.

Al salir por la puerta principal, veo al Comandante llevándose la mano a la cabeza, consternado. Mientras, Serena Joy pregunta qué he hecho, sin obtener respuestas. Cora y Rita llegan corriendo desde la cocina. Cora está deshecha en llanto, yo era su esperanza.

Subo a la furgoneta y penetro en la oscuridad del interior; o en la luz.

Notas finales

“El cuento de la criada” es el diario de Defred, una de las mujeres que quedan encerradas dentro del régimen de la República de Gilead. En él cuenta la nueva vida en una sociedad distópica donde las mujeres son catalogadas según su capacidad para procrear.

Defred mantiene una constante lucha en su interior ante la posibilidad de que todos sus seres queridos hayan muerto, así como el peso de vivir bajo la constante represión de un gobierno conservador extremista.

Consejo de 12min

Para profundizar tus conocimientos en el movimiento feminista, te recomendamos “Todos deberíamos ser feministas” de Chimamanda Ngozi Adichie.

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¿Quién escribió el libro?

Escritora, profesora y activista social canadiense, conocida por su obra “El cuento de la criada” (1985) y su secuela, “Los testamentos” (2019). Ha recibido distintos premios por su obra litera... (Lea mas)